En las pasadas semanas se están produciendo acontecimientos históricos, a la luz de los cuales, creemos que es relevante plantearnos la pregunta que abre este artículo
Hace unas pocas semanas, el reciente Premio Nobel, Daron Acemoglu, planteaba en el Financial Times un distópico futuro de los EEUU asociado a la presidencia de Trump. En el artículo, el autor afirmaba hipotéticamente que la economía europea superará en tamaño a la estadounidense hacia 2030.
A todos nos puede sorprender tal afirmación. Llevamos años leyendo (y escribiendo) profusamente sobre la decadencia de Europa y sobre las grandes ventajas estratégicas desarrolladas por los EEUU en las últimas décadas, sobre todo, ligadas a productividad e innovación. Ahora bien, en las pasadas semanas se están produciendo acontecimientos históricos, a la luz de los cuales, creemos que es relevante plantearnos la pregunta que abre este artículo: aun sin tratarse del escenario base, ¿bajo qué hipótesis podría el PIB de Europa superar al de los EEUU?
Empecemos por unos números sencillos. El PIB estadounidense es de unos 28 billones de dólares corrientes, mientras que el de la zona euro asciende a unos 16, el de la Unión Europea (que incluye siete países no miembros de la zona euro), a 19,6. Si le sumamos 3,4 billones del Reino Unido, 0,9 de Suiza, 0,5 de Noruega, y 0,3 de otros países europeos más pequeños, no miembros de la UE ni antiguos miembros de la URSS, obtenemos un total de 24,7 billones, una cifra sensiblemente inferior que la de los EEUU.
¿Qué podría cambiar a futuro?
Para responder a esta pregunta, será necesario analizar crecimientos económicos de ambos bloques económicos y también intentar vislumbrar el futuro del tipo de cambio del euro dólar, ya que afecta mucho a la hora de calcular la producción de una economía en dólares.
Si analizamos crecimientos reales, los EEUU han superado claramente a Europa en el pasado. Hasta hace muy poco, el país crecía a un ritmo anualizado cercano al 3%, frente al 1% europeo. Sin embargo, su crecimiento se ha favorecido por dos factores coyunturales (aparte de otros más estructurales). Por un lado, los consumidores norteamericanos lo impulsaron reduciendo su tasa de ahorro a niveles cercanos al 3,6%, frente a medias históricas del 6%. Por otro, el crecimiento se vio también favorecido por el déficit fiscal de los EEUU, que se aproximó al 6%, con riesgo de alcanzar el 8% si se extiende la reforma fiscal que quiere imponer Trump.
En fechas recientes, los relativamente estrambóticos anuncios arancelarios de Trump han hecho mella en la confianza del consumidor, que ha procedido a reducir su consumo, aumentando su tasa de ahorro y frenando el crecimiento. La economía de los EEUU podría crecer este año ligeramente por encima del 1,5%, eso si logra evitar una recesión técnica. Además, si en algún momento el mercado restringe la financiación, los enormes déficits fiscales estadounidenses, sumados a su abultada deuda pública, obligarían al país a aumentar ingresos o reducir gastos, lo que frenaría aún más el PIB. Por otro lado, factores como la expulsión de inmigrantes (que contribuyen al PIB) a razón de medio millón al año, la drástica reducción de nuevos flujos migratorios, los impuestos en forma de aranceles y las crecientes dudas sobre la calidad institucional y el imperio de la ley en los EEUU pueden reducir aún más el crecimiento futuro.
En Europa, los consumidores ahorran actualmente bastante más que la media histórica. Por ejemplo, en la zona euro la tasa de ahorro es del 15% frente a una media histórica del 12%. A medida que se recupera la confianza del consumidor, lo razonable es que esta tasa se reduzca, lo que acelerará el crecimiento económico. Y si en los EEUU la situación fiscal apunta a riesgos futuros, en Europa podemos esperar lo contrario: los recientes estímulos históricos aprobados por Alemania y por la UE en infraestructura y defensa suponen un volumen tres veces superior a los fondos ejecutados durante la crisis del covid. Estos factores podrían llevar a la economía europea a crecer por encima del 1,5% a partir de 2026. En otras palabras: en un año podríamos encontrarnos con un hecho insólito, y es que Europa podría crecer más que los EEUU, especialmente si se adoptan parcialmente las reformas propuestas por el informe Draghi.
El menor crecimiento esperado en los EEUU y el mayor en Europa se ha traducido en una depreciación reciente del dólar frente al euro y a la libra, algo que podría intensificarse a futuro. La depreciación podría además producirse por otras vías, como, por ejemplo, el aumento de las reservas en euros por parte de bancos centrales para reducir dependencia de dólares, dada la actual situación geopolítica, o la búsqueda del oro como valor refugio en perjuicio del dólar. Si observamos ejercicios que computan valores fundamentales de la divisa mediante la estimación del tipo de cambio que haría que bienes y servicios estadounidenses y alemanes costaran una cantidad parecida (poder de compra ajustado), los cálculos del FMI y del Banco Mundial sitúan este nivel en 1,37, frente al tipo actual de 1,09.
Pues bien, si los factores arriba reseñados llevan a que los EEUU crezcan en 2025 ligeramente más que Europa tanto en términos de crecimiento real como de inflación, y asumiendo que (a) las inflaciones de ambos bloques convergen desde 2026; (b) Europa crece entre 2026 y 2030 medio punto más que los EEUU en términos reales por los argumentos esgrimidos anteriormente; y (c) el dólar se deprecia anualmente un 2,5% hasta niveles de 1,25 en 2030, entonces, para ese año, el PIB de los EEUU ascendería a 35,8, frente a los 35,9 de Europa. Si la inflación de los EEUU en ese periodo fuera superior a la europea posiblemente se traduzca en depreciaciones del dólar más abultadas.
Por seguir lo estrambótico, quedaría la piedra de toque: invitar a Canadá a unirse a la Unión Europea para así afrontar las tendencias expansionistas del vecino del sur. Eso añadiría otros 2,1 billones de dólares, adelantando el sorpasso a 2028, algo que seguro que haría mucha gracia en la Casa Blanca.
Octavio Paz escribió: «Lo que une a Europa es una pasividad ante el destino. Las naciones del Viejo Mundo han consagrado sus inmensas energías a crear una prosperidad sin grandeza y a cultivar un hedonismo sin pasión y sin riesgos. De ahí la fascinación de sus multitudes por el pacifismo.»
Puede que el masivo rearme que se avecina cambie el destino de Europa… y que vuelva a recuperar al menos la aspiración al trono económico.