Europa se juega su futuro en este tiempo. Ya veremos, en función de las decisiones que se tomen hoy, si acabamos como el Imperio occidental o como el oriental.

En el tercer milenio antes de Cristo, en plena Edad de Bronce, pueblos indoeuropeos de la cultura Yamnaya emigraron de la actual Ucrania hacia Europa.  Eran pueblos guerreros, aristocráticos y patriarcales.  Ocuparon progresivamente todo el continente, mezclándose con la población local preindoeuropea, proveniente en gran parte de las migraciones neolíticas que pasaron a Europa desde Anatolia unos milenios antes.  La mayoría de las lenguas preindoeuropeas, como el etrusco o el ibero, desaparecieron.  Del indoeuropeo provienen la práctica totalidad de los idiomas que se hablan hoy en Europa (y en gran parte del mundo), exceptuando el euskera, el húngaro, el estonio y el finlandés.

McNeill, en su clásico El auge de Occidente, afirma: “En un sentido más profundo, el ethos guerrero de la Edad de Bronce proporcionó a la sociedad europea un sesgo distintivo y duradero.  Los europeos se militarizaron, primando el valor individual más elevadamente que otros pueblos más civilizados (exceptuando quizás a los japoneses); y estas actitudes, provenientes del estilo de vida característico de los guerreros-pastores de la estepa occidental, han sido desde entonces una parte básica de la herencia de los europeos hasta el día presente”.

El autor había publicado este libro en 1963.  Supongo que si hoy despertara no habría vaticinado cómo su afirmación habría ido evolucionando a medida que pasaban los años.  Sociedades espantadas con la Segunda Guerra Mundial mantuvieron valores defensivos debido a la Guerra Fría, pero con la caída del Muro de 1989 y la protección de los EEUU, las circunstancias cambiaron rápidamente.  Los presupuestos de defensa fueron progresivamente cercenados, a la vez que la natalidad disminuía, la población envejecía y la innovación y la productividad, génesis del bienestar de Europa, se disipaba.  Por último, Europa externalizó su dependencia energética, principalmente a Rusia, negándose a generar una autonomía estratégica mediante centrales nucleares.

A fecha de hoy nacen 1,4 niños por mujer en Europa, muy lejos del nivel de reemplazo de 2,1. Los flujos migratorios han crecido para compensar la falta de natalidad, pero han generado malestar creciente en segmentos de la población, segmentos que piensan que no habían otorgado un mandato al poder político para intensificar dichos flujos.  Este factor, junto con la percepción de que la prosperidad generada por la globalización se ha distribuido de una forma muy asimétrica, está detrás del auge de partidos más extremistas, que aúnan en ocasiones más de la mitad del voto juvenil, lo que nos ofrece una idea sobre el futuro político que afrontamos.

El sistema defensivo amparado por la OTAN y financiado asimétricamente por los EEUU también parece quebrarse.  Europa no solo ha descuidado su defensa, sino que tiene que importar la mayoría de los equipos que precisan sus fuerzas armadas, cortesía en parte de la estulticia colectiva, incluyendo la de fondos “éticos” que consideraban “no ético” el defender nuestras fronteras, ante la desidia reguladora.

En definitiva, tras unos decenios, Europa no cuenta con autonomía demográfica, ni energética, ni innovadora, ni defensiva.

Los llamados “padres fundadores” de la Unión Europea expusieron, con todo, que Europa “se forjaría a golpe de crisis”.  Pudimos ver su realidad durante la del euro en 2012.  En la crisis actual, Europa afronta un desafío existencial.  ¿Quiere replantear los axiomas que nos han llevado a estas vulnerabilidades?  Si es así, se puede reescribir un futuro más alentador, un futuro de resurgimiento, pero difícilmente se pueden tomar las decisiones pertinentes con la regla escrita o no escrita de la unanimidad que se impone en aspectos esenciales del funcionamiento de la UE.  Y hace falta unanimidad para eliminar la unanimidad…

El año 2025 será crucial para el futuro de nuestro continente.  Alemania se dispone a afrontar decisiones y cambios históricos, y la UE ha movilizado una cantidad de dinero para financiar la autonomía en defensa que es muy superior a los volúmenes ejecutados de fondos Next Generation.  De nuestros siguientes pasos dependerá el determinar si Europa despierta.

La caída del Imperio romano se gestó en 376 d. C., cuando masas de godos que huían aterrados de los hunos fueron aceptados de buen grado por el Imperio, que “vivía” una enorme crisis demográfica y una importante debilidad militar.  Procopio nos cuenta cómo los corruptos funcionarios imperiales traicionaron dicha amistad, lo que provocó el levantamiento godo y la aniquilación de las legiones romanas dos años después.  En el 410 Alarico tomaría Roma, y en el 476 el Imperio occidental había dejado de existir.  Con todo, el oriental supo reformarme, y la luz de su capital, Constantinopla, brilló durante mil años más.

Europa se juega su futuro en este tiempo.  Ya veremos, en función de las decisiones que se tomen hoy, si acabamos como el Imperio occidental o como el oriental.